Padres de la Iglesia San ISIDORO DE SEVI

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Cómo leer la palabra de Dios(Libros de las Sentencias, 3, 8-10) SAN ISIDORO DE SEVILLA Imágenes del monasterio francés de saint Michel

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No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento, aunque probablemente tuvo lugar entre los años 560 y 570. La familia, de rancio abolengo hispano-romano, provenía de Cartagena. Su padre emigró a Sevilla en el año 554, a causa de la invasión bizantina, y allí se estableció. Murió pronto, dejando como jefe de la familia al hijo mayor, Leandro, que seria luego obispo de Sevilla. Leandro se cuidó personalmente de la formación religiosa, humana y literaria de su hermano menor, Isidoro, que le sucedería como obispo de la ciudad hacia el año 600 0 601. Además de ellos, otros dos hermanos son venerados como santos: Fulgencio, obispo de Écija, y Florentina, que abrazó la vida monástica. San Isidoro es considerado el último de los Padres en Occidente y ha pasado a la historia como el hombre más sabio de su tiempo. Se le reconoce el mérito de haber hecho de puente entre la ciencia de los antiguos y la Edad Media. Hasta el siglo XII' fue considerado como el oráculo imprescindible en todas las ciencias, una especie de nuevo Salomón. Sus Etimologías figuran entre los  libros más citados por los escritores mediavales.

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Esta obra, la más importante de cuantas escribió, es en realidad un enciclopedia en veinte libros, donde se contienen todos los conocimientos de la época: desde la gramática y las matemáticas,  a la medicina y al derecho; desde la teología, la historia y la filosofía, a las lenguas, la geografía, la arquitectura, la botánica... Escribió otras muchas obras, menos conocidas que las Etimologías, entre las que destacan los tres libros de Sentencias, que constituyen una especie de manual de teología dogmática y de ética. No se conservan datos concretos de su actividad pastoral, que debió de ser intensa si—como él mismo afirma en las Sentencias—el programa de un obispo comienza con la abnegación y la humildad, y continúa con la integridad de vida, el arte de exponer la doctrina, el buen ejemplo, la solicitud por su grey... Como metropolita de la Bética presidió algunos Concilios importantes, como el II Concilio provincial de Sevilla y el IV Concilio de Toledo.

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La oración nos purifica, la lectura nos instruye. Usemos una y otra, si es posible, porque las dos son cosas buenas. Pero, si no fuera posible, es mejor rezar que leer.

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Quien desee estar siempre con Dios, ha de rezar y leer constantemente. Cuando rezamos, hablamos con el mismo Dios; en cambio, cuando leemos, es Dios el que nos habla a nosotros.

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Todo progreso [en la vida espiritual] procede de la lectura y de la meditación. Con la lectura aprendemos lo que no sabemos, con la meditación conservamos en la memoria lo que hemos aprendido.

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De la lectura de la Sagrada Escritura recibimos una doble ventaja, porque ilumina nuestra inteligencia y conduce al hombre al amor de Dios, después de haberlo arrancado a las vanidades mundanas.

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Doble es también el fin que hemos de proponernos al leer: lo primero, tratar de entender el sentido de la Escritura; y luego, esforzarnos para proclamarla con la mayor dignidad posible. Quien lee, en efecto, busca en primer lugar comprender lo que lee, y sólo luego trata de expresar del modo más conveniente lo que ha aprendido.

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Pero el buen lector no se preocupa tanto de conocer lo que lee, cuanto de ponerlo por obra. Es menos penoso ignorar completamente un ideal que, una vez conocido, no llevarlo a la práctica. Por tanto, así como mediante la lectura demostramos nuestro deseo de conocer, así luego, tras haber conocido, hemos de sentir el deber de poner en práctica las cosas buenas que hayamos aprendido.

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Nadie puede profundizar en el sentido de la Sagrada Escritura, si no la lee con asiduidad, como está escrito: ámala y ella te exaltará, será tu gloria si la abrazas (Pro 4, 8). Cuanto más asiduo se es en la lectura de la Escritura, más rica es la inteligencia que se alcanza. Es lo mismo que sucede con la tierra: cuanto más se la cultiva, más produce.

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Hay personas que, siendo inteligentes, descuidan la lectura de los textos sagrados. De este modo, con su negligencia, manifiestan su desprecio por aquello que habrían podido aprender mediante la lectura.

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Otros, en cambio, tienen deseos de saber, pero su falta de preparación les supone un obstáculo. Sin embargo, estos últimos, mediante una lectura inteligente y asidua, llegan a conocer lo que ignoran los otros, más inteligentes, pero perezosos e indiferentes.

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De igual modo que una persona, aunque sea torpe de inteligencia, logra sacar fruto gracias a su empeño y a su diligencia en el estudio, así el que descuida el don de inteligencia que Dios le ha dado se hace culpable de condena, porque desprecia un don recibido y lo deja sin dar frutos.

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Si la doctrina no está sostenida por la gracia, no llega al corazón aunque entre por los oídos. Hace mucho ruido por fuera, pero no aprovecha al alma.

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Sólo cuando interviene la gracia, la palabra de Dios baja desde los oídos al fondo del corazón, y allí actúa íntimamente, llevando a la comprensión de lo que se ha leído. www.monasterioescalonias.org

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