El tiempo borra

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El tiempo borra, cuento de Javier de Viana

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By: mapamundi67 (42 month(s) ago)

muy buen cuento

Presentation Transcript

Slide 1: 

“El tiempo borra”, 1913, de Javier de Viana, uruguayo En el cielo, de un azul puro, no se movía una nube. Sobre la llanura una multitud de vacas blancas y negras, amarillas y rojas, pastaba. Ni calor, ni frío, ni brisa, ni ruidos. Luz y silencio, eso sí; una luz intensa y un silencio infinito.

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A medida que avanzaba al trote por el camino zigazgueante, sentía Indalecio una gran tristeza en el alma, pero una tristeza muy suave. Experimentaba deseos de no continuar aquel viaje, y sensaciones de miedo a las sorpresas que pudieran esperarle.

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¡Qué triste retorno era el suyo! Quince años y dos meses de ausencia. Revivía en su memoria la tarde gris, la disputa con Benites por cuestión de una carrera mal ganada, la lucha, la despedida a su campito, a su ganado, al rancho recién construido, a la esposa de un año.

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Tenía veinticinco años entonces y ahora regresaba viejo, destruido con los quince años de prisión. Regresaba . . . ¿para qué? Existían aun su mujer y su hijo? ¿Lo recordaban, lo amaban aún? ¿Podía esperarle algo bueno a uno que había escapado del sepulcro?

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¿Estaba bien seguro de que aquél era su campo? Ėl no lo reconocía. Antes no estaban allí esos edificios blancos que ahora se presentaban a la izquierda. Y cada vez con el corazón más triste siguió su camino, impulsado por una fuerza irresistible.

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¿Era realmente su rancho aquél ante el cual había detenido su caballo? Por un momento dudó. Sin embargo, a pesar del techo de zinc que reemplazaba el de paja, era su mismo rancho.

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- Bajese – le gritó desde la puerta de la cocina una mujer de apariencia vieja, que en seguida, arreglándose el pelo, fue hacia él, seguida de media docena de chiquillos curiosos.

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¿Cómo está? Bien, gracias; pase para dentro. Ella no lo había reconocido. El creía ver a su linda esposa en aquel rostro cansado y aquel pelo gris que aparecía bajo el pañuelo grande.

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Entraron en el rancho, se sentaron, y entonces él dijo: ¿No me conoces? Ella quedó mirándolo, se puso pálida y exclamó con espanto: - ¡Indalecio!

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Empezó a llorar, y los chicos la rodearon. Después, se calmó y poco y habló, creyendo justificarse: - Yo estaba sola; no podía cuidar los intereses. Hoy me robaban una vaca; mañana me carneaban una oveja; después . . . Habían pasado cinco años. Todos me decían que tú no volverías más, que te habían condenado por la vida. Entonces . . . Manuel Silva propuso casarse conmigo. Yo resistí mucho tiempo . . . Pero después . . .

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Y la infeliz seguía hablando, hablando, repitiendo, recomen-zando, defendiéndose, defendiendo a sus hijos. Pero hacía rato que Indalecio no la escuchaba. Sentado frente a la puerta, tenía delante el extensivo panorama, la enorme llanura verde, en cuyo fin se veía el bosque occidental del Uruguay. Comprendes – continuaba ella, = si yo hubiera creído que ibas a volver . . .

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Él la interrumpió: ¿Todavía pelean en la Banda Oriental? Ella se quedó atónita y respondió: Sí; el otro día un grupo de soldados pasó por aquí, yendo hacia la laguna Negra, y . . .

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Adiosito – interrumpió el gaucho. Y sin hablar una palabra más se levantó, fue en busca de su caballo, montó, y salió al trote, rumbo al Uruguay. Ella se quedó de pie, en el patio, mirándolo atónita, y cuando lo perdió de vista, dejó escapar un suspiro de satisfacción y volvió pronto a la cocina, oyendo chillar la grasa en la sartén.