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Él, cuya lengua ha prestado un fuego puro a mis ideas, cuyos dedos curaron las llagas espirituales de mi cuerpo, él es mi dueño.
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Él, que pronuncia mi nombre, que no sé si está o desaparece, que es distinto de todos, él es mi amigo y mi dueño.
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Él, que cada día me despierta confundiendo mis pasos, que me impone el cansancio, él es mi Dios y mi amigo y mi dueño.
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Él, cuyos pies me conducen hacia fuentes tranquilas, cuyas riendas me aprietan, él es mi rey y mi Dios y mi amigo y mi dueño.
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Él es mi dueño y mi amigo y mi Dios y mi rey. Y todos los dueños y todos los amigos y todos los dioses y todos los reyes ignoran que sólo él es mío, que somos una misma carne.
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Poema de Luis Lorente