el rey de copas fatla

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Erasto, Jaime: Dos siglos de cuentos mexicanos, XIX y XX, México; Promexa, 1979. pp. 289-291

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El viejo Rey estaba alegre como castañuela. Se había bebido un buen trago para matar el gusanillo y de pie sobre el quicio de su barbería, contemplaba la luz del sol que sabia radiante en el cielo. El aroma de las campiñas florecientes saturaba sus roídos pulmones con fluido de vida, y su tos de viejo bronquítico se dejaba oír de tiempo en tiempo casi sonora, como un lujo de su gastado organismo rejuvenecido por la primavera. Aquel día no amenazó encolerizado al oír a los chiquillos de paso para la escuela: -¡Salud Rey… de Oros! -! Buen día, Rey… de Burlas! .¡Ave, Rey… de Copas!

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Esta ultima salutación era la que le crispaba los nervios, pues bien sabido es que el viejo Rey, en cuanto cerraba la barbería a las doce, rodaba por las tabernas del pueblo hasta quedarse dormido hecho una uva. Pero aquella mañana sentíase alegre con el suave calor de su mañanita de mezcal; despertaba efímera su vieja alegría, y escuchaba la canción de los pájaros mecidos en su ensueño lejano… De pronto se oyó un tropel, y frescas voces varoniles gritaban: - ¡Por aquí!... Almorzaremos antes de seguir… Y una cabalgata de charros, brillantemente enjaezada, doblo la esquina y pasó en turbión. Uno de los jinetes volvió el rostro, y viendo el rótulo del flebotomiano, exclamó: - ¡Hola! ¡Un salón de aseo! Yo me afeito mientras ustedes almuerzan, y si me tardo, los alcanzo en el camino…

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- ¡Que no tardes!- le gritaron, en tanto que el viajero se dirigía al viejo Rey: -¿Puede el tío despachar? - Andando el amo- respondió el viejo, contento de su fortuna; y después que el viajero ató cabrestante de su caballo a una celosía, penetraron al cuartucho. -¿Va su merced a afeitarse solamente? El viajero consultó su reloj y dijo: - El pelo y la barba… ¿Entiendes tu oficio?... Voy a una fiesta en la hacienda de Peotillos y quiero presentarme bien… No tuve tiempo de arreglarme en la ciudad… - ¡Quedará el amo satisfecho!... Sólo que… - dijo midiendo la bizarra apostura del cliente- mis navajas están mal afiladas y tendrá el señor que esperar un momento a que afile bien una…

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El viajero, que se había descubierto instalándose en el sillón sobre el que el viejo Rey había extendido una toalla limpia, se sintió contrariado; pero su presunción triunfó de su impaciencia, y chasqueando los dedos ordenó imperativo: - ¡Pues date prisa viejo!. Y en tanto que el barbero echaba a girar su mollejón, Julián Fernández, el hermoso calavera, que ya peinaba los cuarentas, púsose a inspeccionar los cromos sucios que decoraban la barbería: panoramas de batallas, paisajes de nieve, bustos de emperadores y guerreros… de improvisto llamó su atención un óleo maqueado en roble; era una muchacha morena, de soñadores ojos negros, crenchas oscuras cayendo a los lados de busto, fuerte y bello. Fijóse más y descubrió cierta semejanza en un recuerdo suyo, comparó, levantóse sañudo y sorprendido, acercóse al óleo y estudiándolo murmuró a media voz: -

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- ¡Diablo, diablo!...si…¡pero no!... o el pintor era un artista que copió al natural a Lupe Rey, o la casualidad quiere jugarme una broma. Y volviéndose al viejo: - ¿Sabes, tio, que te compro este cuadro? El viejo había observado placentero la curiosidad del desconocido; pero al oír el soliloquio suspendió su tarea, y al escuchar el nombre de Lupe Rey, sintió una conmoción espantosa. Palideció profundamente, mas fustigo su voluntad poderosa, y riendo como reiría un tigre, adelantose jovialmente haciendo la corte al desconocido: -¡Como su merced quiera! El cuadro es suyo… sólo que…-añadió con una seña que indicaba un buen precio.

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El viajero tuvo un sobresalto: -¿Cómo te hiciste de ese cuadro? Es un retrato, ¿verdad? El viejo sobresaltóse aún más; pero tranquilamente dijo: -La compré un día de feria en la ciudad… pero he oído decir que vale… que el cuadrito es de mérito… se han interesado por él y quiero venderlo bien.

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Julián Fernández, sereno entonces de su vago perturbamiento, añadió mientras volvía a instalarse en el sillón: ¡Bien! El cuadro es mío, ¡tú pones el precio! Y seguro de adquirirlo por poco dinero, que para el viejo sería mucho, dio rienda suelta a su verbosidad de aventurero ante la saga impertinencia del viejo que lo había halagado como serpiente fascinadora: - ¡Ah, mi amo!..¡Se conoce que a su merced le gustan las lindas mozas!... Y ésa, si es retrato, ¡debe ser una real hembra!... fresca como una flor… y unos ojos…y una boca… y unos hombros… y unos cabellos… ¡Cuente! ¡Cuente, mi amo, si ha conseguido cosa igual! – agregó entusiasmado al ver que Julián sonreía, con una sonrisa cínica de mujeriego que encuentra auditor para relatar una aventura.

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- Te diré, esa muchacha se parece como una gota a cierta Lupe Rey- de esto hará unos veinte años- una potosina que conocí en un barrio de San Luis. ¡Preciosa muchacha! Dieciséis años, linda como una onza, con unas caderas !unos pechos y una boca! ¡Era una fruta que yo mordía con deleite al ver los soberanos dones de la hermosura!...

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Mientras Julián hablaba, enervado con la fruición de la enjabonadura fresca sobre su rostro ardiente, el viejo escuchaba con avidez, sin dejar su sonrisa satánica, veteados los ojos ictéricos por venas sangrientas. ¡Dios de Dios! Era su historia. La historia desgarradora de su vida ¡Su única hija mancillada y robada y arrojada al vicio por un dueño de vidas y de haciendas! El deshonor y la infamia entrando en su casa como hienas aullantes, para cebarse en su pobre corazón de padre, matando de dolor a su esposa,! matando de crápula a su hija!... Y aquel seductor, en sus manos, a su voluntad, exacerbaba su llaga urente en el fondo de su alma, recrudeciéndola con su delación minuciosa, avivando recuerdos torturadores, enloqueciendo la eterna sed de sangre y venganza del viejo Andrés Rey, el infeliz soldado que no pudo hallar en la guerra la muerte, pero que la encontró para su corazón en su hogar desecho durante su ausencia.

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El viejo había regresado desconocido y se había instalado cerca de las posesiones de Julián Fernández, a quien solo conocía de nombre por viajar casi siempre, atisbando el momento preciso de caer inexorable sobre el seductor, que no sospechaba la existencia de un viejo barbero ebrio a quien el pueblo apodaba el Rey de Copas. Y ahora que Andrés Rey tenía en sus manos a Julián Fernández, el mismo, joven aún dichoso, poderoso, señor en placeres y fiestas, sentía una alegría inexplicable, una alegría de gastrónomo ante manjar exquisito, presto a saciar su hambre, a acariciar sus dientes con su calor deleitoso de carne viva, a acariciar su paladar con el sabor sápido de la más dulce y embriagante de las venganzas.

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Esmerábase el viejo en mondar de la corteza de la barba negra y sedosa aquel cuello sano y pletórico de su vida; descubría cuidadosamente su yugular y la carótida, no quería que su navaja tropezara con el menor obstáculo exterior, y tenía que dominar con voluntad inaudita el temblor de sus manos febriles… Dos hombres se presentaron a la puerta y quisieron entrar en la barbería. El viejo los vio en el espejo; volviéndose frenético gritó: - ¡Largo de aquí! ¡Estoy sirviendo a un gran señor!

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Y tornado a Julián, que sonería orgulloso de aquel arrebato adulador, luchaba con negras ideas que infernaban el momento supremo de su venganza. ¡Le delatarían, le aprehenderían, no tendría tiempo de huir, la justicia inexorable caería sobre su cabeza maldita y no podría sobrevivir para saborear largos años su ventura como vengador! …¿Y qué era la vida después de vengado? Preparose para el golpe supremo, plegó su rostro patibulario la más demoníaca de las sonrisas, y pidiendo permiso a Julián para quitar un lunar de vello que había quedado sobre su cricoide, puso en tensión los músculos del cuello de su víctima, echando atrás su cabeza, y con un grito ahogado que surgió del fondo de sus entrañas, a tiempo que asía a Julián de los cabellos, aulló a su oído en un paroxismo de rabia:

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- ¡Esa Lupe Rey era mi hija! Y le separo la cabeza de un golpe.

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